Raël, amigo de los extraterrestres e impenitente depredador sexual de las mujeres de su secta

VALÈNCIA. Ningún problema con haberse pasado todo el siglo XX drogado, puesto hasta las cartolas, o siguiendo solamente la actualidad deportiva y los concursos de la tele sin enterarse de absolutamente nada. Dios se ha apiadado de los que pasaron por su tiempo sin interesarse por absolutamente nada porque ahora, en el otoño de sus días, cuando ya no se vale para mucho más que ver la tele, las plataformas están desgranando el siglo XX al detalle. Sin dejarse absolutamente nada en el tintero. No me extrañaría que pronto, a falta de temas, llegue la opción de encargar que hagan un docu sobre uno mismo. Con la IA y cuatro fotos de la infancia no sería de extrañar que lo veamos. 

Entretanto, el último episodio de un siglo tan dado a la verbena como el anterior que ha rescatado Netflix ha sido el fenómeno de los raelianos en Raël: El profeta de los extraterrestres de Antoine Baldassari y Manuel Guillon. Es una secta más, tipo Davidianos, los seguidores de Osho o el Palmar de Troya, donde el sexo está omnipresente. Aunque en este caso, lo más particular, o lo que más bombo tuvo en los medios hace veinte años, fue que los raelianos decían ser capaces de clonar seres humanos, una técnica en la que residía el secreto de la inmortalidad. 

Lo cierto es que, sin mucho que añadir a las sectas derivadas del integrismo cristiano o de la efervescencia new age de los años 60, la vida de Raël es extremadamente divertida. Se trata de un caballero que había probado suerte el diferentes campos, incluido el de la canción, hasta que apareció en los medios hablando de que había entrado en contacto con los extraterrestres. 

Los medios se enamoraron de este tipo de testimonios en los años setenta, incluida la televisión pública, y este señor tuvo especial predicamento, lo que le sirvió para reunir discípulos en Francia y Bélgica fundamentalmente, su campo de acción. Con el pelo frito y divertidos disfraces de color blanco, se convirtió en un personaje muy popular. Es muy difícil no pensar si nuestro Rappel obtuvo algún tipo de inspiración en él, ya que estudió en la Sorbona y mantendría lazos con Francia a su regreso. 

Llama la atención que el mensaje de Raël no fuese muy sofisticado, o no se muestra así en el documental. Marcel Vorilhon (Raël) Escribió que había unos extraterrestres llamados los elohim que habían creado a los humanos con ingeniería genética y él sería su profeta. En 1975, aseguró que había sido abducido y en el otro planeta se encontró nada menos que con Cristo, Mahoma, Moisés y Buda. Allí aprendió una filosofía basada en el placer, el amor y la sabiduría. 

Como no es muy difícil imaginar, los campamentos raelianos, entre los 70 y 80, se convirtieron en formidables encuentros de cruising e intercambio de pareja. Aparte de meditar y demás, la práctica más chocante que se nos muestra era examinar el propio ano con un espejo para apreciar tu cuerpo en toda su dimensión, incluidas las partes que no ves. Anatómicamente indiscutible este principio raeliano. Luego hacía que la gente se oliera los genitales. Por lo visto, lo que quería era que, de entrada, se fuesen rompiendo tabúes para orientarlo todo a lo importante: el sexo.

La aventura era por un módico precio, hasta que Raël decidió construir una embajada para que tuviera dónde aterrizar la nave espacial que vendría a nuestro encuentro en 2037 y empezó a pedir ya un porcentaje concreto del salario. Ahí hubo un abandono de raelianos que se olieron la tostada y también un incremento exponencial de la riqueza del gurú con los que se quedaron. 

Los testimonios que aparecen en los dos primeros capítulos son de entusiastas, gente que defiende a su líder. Aunque al menos uno desliza que le llamaba la atención que tuviese tantas debilidades, concretamente con el sexo. Al parecer, presumía del número de mujeres con las que se había acostado a lo largo de su vida, como un acomplejado pata negra, y era extremadamente celoso. Con estos mimbres, no era de extrañar que  montara un sistema de promoción dentro de las estructuras jerárquicas raelianas en las que se premiaba no ser celoso, esto es poner a la pareja a disposición de los demás, empezando por él. 

Entre los grandes logros de Raël está exigirle grandes aportaciones de dinero a sus fieles y gastárselas, aparte de en hoteles y restaurantes de lujo, en financiar su carrera como piloto de carreras. Pronto empezó a ser asediado por los periodistas. La clave estuvo en acusaciones de pederastia en el seno de la organización, práctica que Raël en principio no condenaba. De hecho, se casó, como se explica hacia el final, con la hija de una súbdita cuando esta tenía 16 años. Sin embargo, los testimonios de ex raelianos que fueron a la televisión a quejarse se reducían a mostrar su dolor por haber puesto a la pareja a disposición de la cúpula raeliana de turno. Si el documental lo que quería era ridiculizar a estos personajes que fueron corneados por Raël, les ha quedado muy bien. 

Al final, el chiringuito tuvo que trasladarse a Quebec, donde los raelianos fundaron UFO Land. En ese momento, se cifraban los seguidores de Raël en 60.000 en todo el mundo. Es gracioso, porque todo el aparato teórico de la secta tenía una coartada científica. Los humanos estaban llegando ya a tal desarrollo que pronto podrían crear hombres sintéticos, decía Raël, lo que demostraba la inexistencia del alma y de Dios. En su pecho, lucía siempre un medallón con el símbolo raeliano, una esvástica dentro de una estrella de seis puntas. A medida que avanza el documental se ve cómo estilizan el logo para que la esvástica no cante tanto. 

Pero el meollo y por lo que esta secta llenó los titulares, afortunadamente, no fue por ningún suicidio masivo ni nada semejante, sino porque aseguraron que tenían tecnología para clonar seres humanos. Ahora mismo es para partirse la caja que Raël fuera invitado al Senado de Estados Unidos a explicar lo que se traía entre manos. Por las confesiones de ex raelianos, cuando aseguraron que habían clonado un bebé, noticia que dio la vuelta al mundo –hasta Matías Prats sale dándola- era una filfa, un bulo, como se dice ahora. 

Nada de eso impidió que Raël haya seguido con su business, extendiéndose especialmente por África. El documental ha podido conseguir algunas declaraciones suyas en su último destino, Japón, cuando ya se acerca a los 80 años. Tiene un grupo de adeptos en la comunidad japonesa, también una novia a la que califica del amor de su vida, y sigue erre que erre con lo suyo. Da la impresión de que el propio documental no sabe cómo concluir su historia, cómo rematarla, y plantea que la sucesión de Raël estará disputada. Pues ya se verá, por lo pronto, por las imágenes ochenteras de swingers francobelgas desatados en un camping a las órdenes de los extraterrestres ya merece la pena tragarse esta, una miniserie más. 

Por Ovnis

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