La aventura de perseguir un ovni, aunque la NASA no sepa de qué se trata

Ricardo Rivas, periodista, x: @RtrivasRivas

“Aquí estamos los tres. Ellos están aquí, debajo de nuestra nave. Hemos encontrado unos visitantes”, al parecer, informó el astronauta Neil Armstrong al centro espacial en Houston, Texas, el 20 de julio de 1969, cuando el hombre llegó a la luna. Al parecer, desde la tierra le pidieron más datos. “Te estoy diciendo que aquí afuera hay otra nave espacial. Ellos están del otro lado del cráter”, agregó su compañero de viaje Edwin “Buzz” Aldrin. Luego de un breve silencio, quienes seguían el vuelo desde 380 mil kilómetros de distancia, preguntaron: “¿Ustedes han conseguido filmar?”. Aldrin: “Ningún filme por el momento, las cámaras están fotografiando otros objetivos. Ellos están ahí abajo, están acercándose a la luna junto a nosotros, viéndonos”. El controlador quiso saber más: “¿Qué los están viendo?”. Buzz fue preciso y concreto: “Sí, no estamos solos”.

Trece años atrás el escritor y periodista Eduardo Ascarrunz, autor de la novela histórica “El salar de maravilla”, cuenta en esa obra y en el transcurso de una entrevista con la agencia de noticias Reuters que una década antes de ese día, el astronauta estadounidense Aldrin, uno de los tres tripulantes de la misión espacial Apolo XI y segundo terrícola en la historia que pisó el suelo lunar, le comentó en una conversación personal que un ovni (objeto volador no identificado) observó cuando junto con su colega Neil Armstrong llegaron a la luna, descendieron y dieron “un gran salto para la humanidad”. Enorme revelación, por cierto. Al parecer, nunca hubo una confirmación oficial de esa historia que Aldrin habría contado a Ascarrunz cuando coincidieron en el salar de Uyuni en el altiplano de Bolivia.

El autor, según Reuters, sos tiene que “el 20 de julio de 1969 tiene un significado más importante aún que el hecho de haber logrado que el hombre posase sus pies en la luna: (porque) ese día, a la hora del descenso, Armstrong, Aldrin y Collins constataron que los seres humanos coexistimos con otras criaturas en el universo”. Por su parte, el astronauta Edgar Mitchell –tripulante de la misión Apolo XIV en 1971–, según el periódico Daily Telegraph, opinó con claridad que “no estamos solos” en el universo; consideró que “nuestro destino (como humanidad) es terminar formando parte de una comunidad planetaria” y, exhortó a “estar dispuestos a ir más allá de nuestro planeta y de nuestro sistema solar para averiguar lo que está ocurriendo realmente allí fuera”, en el espacio exterior. Enigma… misterio… Pero… ¿por qué no?

Por allí volaban mis pensamientos y reflexiones en esta noche de viernes. El sábado es inminente. La primavera solo se sabe que ha llegado porque así lo marca el almanaque. La vieja reposera es el mejor refugio para sobrellevar la temperatura invernal que perdura y apenas llega a los 7 grados. Entrecierro los ojos y recuerdo que con dos queridos amigos y compañeros de trabajo periodístico audiovisual, Carlos Martínez y Raúl Baisetto, cuando 38 años atrás –el 17 de setiembre de 1985– apenas amanecía, fuimos sorprendidos por la inesperada presencia de un ovni (objeto volador no identificado) en el cielo de Buenos Aires, unos 1.260 kilómetros al sur de mi querida Asunción.

Un cuarto de hora nos separaba de las 6 de aquella mañana. Desayunábamos en un pequeño bar vecino del viejo Canal 9 sobre la calle Gelly casi Salguero en el barrio de Palermo. Eran los tiempos de oro de “Nuevediario” –un informativo televisivo mítico que cada día alcanzaba hasta 60 puntos de audiencia– y en ese medio trabajábamos. Pero, hay que decirlo, también nos divertíamos y las audiencias nos seguían incondicionalmente. Una buena parte de las producciones de cada jornada se iniciaba con llamadas telefónicas en las que nos contaban historias increíbles. No existían los teléfonos celulares. Internet apenas comenzaba. Desde dos años antes el Departamento de la Defensa en los Estados Unidos desarrollaba Arpanet –una red para vincularse entre ordenadores– que en 1983 comenzó a utilizar los protocolos TCP/IP (Protocolo de Control de Transmisión/Protocolo de Internet, por sus siglas en inglés). Desde entonces, los dispositivos (las computadoras) no solo empezaron a conectarse entre ellas, sino que simultáneamente podían hacerlo entre varias redes. ¡Guau! Desarrollos tecnológicos y cambios acelerados. Sin embargo, aquel avance que pretendía masividad para el uso de la red de redes era lento y progresivo. Pero aquella mañana sin muchos más recursos que nuestras voluntades para encontrar cada día lo distinto nos puso de cara frente a la realidad de un algo desconocido e inexplicable en aquel cielo tan celeste.

En el Aeroparque Jorge Newbery, a pocas cuadras, nos informaron que –como nosotros– no sabían qué era. Comandantes de aeronaves que entrevistamos también estaban sorprendidos. Conseguimos un jet para acercarnos a eso que solo se mantenía allí, atrapaba el interés de millones de personas y disparaba la curiosidad colectiva. El comandante Carlos Miranda –un veterano civil de la guerra de Malvinas– con su copiloto y nosotros a bordo trepó hasta poco más de 13 mil metros. Carlos Martínez, con una pesadísima cámara RCA, hacía foco una y otra vez sobre aquella imagen atrapante. Raúl Baisetto iluminaba y procuraba que no perdiéramos el equilibrio en la estrechez del fuselaje. El aeronauta apuntó la nariz del jet hacia el objeto misterioso. La lente de la cámara fue sobre la pantalla del radar. Claramente un nuevo puntito verde apareció y se mantuvo encendido y brillante. “¡Es metálico y lo registra el radar!”, dijo Miranda. Fue la primera certeza que tuvimos. Pero no sabíamos qué era. Las comunicaciones radiales entre aviones en vuelo y la torre de control del aeropuerto de Ezeiza crecían en intensidad y el tema –casi único– era “el objeto”.

Pudimos escuchar que dos aviones Mirage de la Fuerza Aérea Argentina (FAA) despegaron en busca de aquella luz brillante en el cielo. El copiloto tomaba fotos de “eso que no sé qué es en el cielo” que ascendía cuando nos acercábamos y descendía cuando nos alejábamos. Los pilotos cazadores reportan al controlador de vuelos de Ezeiza que se encuentran en “nivel 550″ y que estiman que “esto está 20 mil pies más arriba de nosotros”. Miranda nos informa que una alarma sonora advierte que nos acercamos al límite –al techo de vuelo de la máquina que pilotea– de 15 mil metros y que no podremos ascender más. Puteamos. El jet redujo la velocidad. Por lo menos cinco veces volamos en círculo por debajo de aquel objeto sin dejar de grabar lo que Carlos y Raúl veían. La excitación crecía. Sabíamos que teníamos muy buenas imágenes. Pero faltan voces que explicaran y nadie quería hacerlo. Acerqué el micrófono al sistema de audio del jet. “¡¿Ezeiza, Ezeiza, usted me recibe?!”, pregunto. “Ahora lo escucho”, responde el controlador. “¿Ustedes tienen idea de qué se trata este objeto que tiene revolucionado a Buenos Aires?”. Luego de un breve silencio, contesta: “No, para nada. En absoluto. Los Mirage han subido hasta 55 mil pies y no lo han podido identificar. Calcula el piloto del avión que eso está unos 20 mil pies más arriba”.

Periodísticamente, sabía que necesitaba escuchar una vez más aquella información para grabarla. Repetí todas y cada una de las palabras que dijo el controlador aéreo y repregunté: “¿Es correcto?”. La voz que nos llegaba desde la torre de Ezeiza fue precisa, clara y concluyente: “Sí, y usted tiene mucho mejor información que yo”. La nota estaba completa. Imágenes y testimonios. Volvimos al canal. “Nuevediario”, una vez más, arrasó en las mediciones de audiencia. La polémica se instaló. ¿Qué era? Algunos decían que se trató de un globo.

La Fuerza Aérea negó que dos aviones de caza hubieran intentado inspeccionar aquel objeto, aunque habíamos grabado sus comunicaciones. Los recuerdos de aquellos años fantásticos arrollan. Como suele suceder, después otros muchos ovnis también fueron noticia, pero ninguno como aquel. La presión social por saber se mantiene firme. La NASA (Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio) de los Estados Unidos, unos pocos días atrás, lo dijo. “Se han observado objetos en nuestros cielos que no pueden ser identificados como globos, aeronaves o fenómenos naturales conocidos en todo el mundo, pero existen observaciones de alta calidad limitadas”. No sorprendió porque, finalmente, no se reportó nada nuevo.

Desde muchas décadas se sabe de historias sobre ovnis (objetos voladores no identificados), UFOS (por sus siglas en inglés) y, ahora, UAP, acrónimo en inglés de “unidentified aerial phenomenon (fenómeno aéreo no identificado)”. Muchos años atrás, los platos voladores. El 27 de julio último, algunas semanas antes del reciente reporte, el director de la NASA, Clarence William “Bill” Nelson, estuvo en la Argentina. Sonriente como desde muchas décadas se supone a un astronauta norteamericano, luego de dialogar con el presidente Alberto Fernández, anunció que “ante todas las sospechas sobre la vida extraterrestre”, un “comité integrado por científicos muy distinguidos” estudia el tema. También expresó que quienes quisiéramos saber más tendríamos que aguardar lo que finalmente se dijo porque, como lo puntualiza el reporte científico, “la naturaleza de la ciencia es explorar lo desconocido” para “descubrir los secretos de nuestro universo”. Pero, en esa línea de razonamiento, los “científicos distinguidos” a los que aludió Nelson advierten que, “a pesar de numerosos relatos y evidencias visuales, la ausencia de observaciones consistentes, detalladas y curadas significa que actualmente no contamos con el conjunto de datos necesario para llegar a conclusiones científicas definitivas sobre UAP”. Nada nuevo. Lo de siempre. Misterio y la sospecha de que algo ocultan.

Sin embargo, aquel ovni del 17 de setiembre del 85, en el siglo pasado, volvió a nuestras vidas. Veintiocho años más tarde de aquella aventura periodística urbana, para el programa “Contacto extraterrestre” de History Channel 2 nos buscaron y entrevistaron al igual que a un par de testigos más. Nuestros relatos se alinearon con los recuerdos. Nada que agregar. Por su parte, Roberto Ruiz, fotógrafo –a quien no conocíamos– recordó que aquel día era pasajero en un avión de Aerolíneas Argentinas. “Vino una azafata. Preguntó si entre nosotros había un fotógrafo porque el piloto está viendo dos ovnis. Fui hasta la cabina y allí estaban los dos objetos. Uno era más chico que el otro. Parecían metálicos. Brillaban. Iban a la par y parecía que cambiaban la textura. Fui testigo de algo único”.

El comandante Miranda, a quien no vimos más desde aquella jornada memorable, nos saludó afectuosamente. Nos abrazamos como viejos amigos. “Vimos (en el cielo) un cilindro con una antena y una especie de ventana o algo así. No puedo determinar qué era. No emitía ninguna luz, ningún brillo, absolutamente nada, y, aparentemente –por alguna razón que desconozco y no obedece a nada que sea aerodinámico–, se empezó a separar de nosotros. La circulación natural de la atmósfera es de oeste a este. Pero aquel objeto se desplazaba al revés. Estoy absolutamente seguro de que no era un globo”. El veterano aeronauta calló. Su mirada no estaba con nosotros sino con sus recuerdos que, en parte, también compartíamos con él. Los años pasan y este misterio continúa y se agiganta. Estoy claro que el fenómeno ovni, UFO, UAP o, simplemente, el de los “platos voladores” atrae. Tengo la convicción de que algo hay. No es razonable pensar que estamos solos en el universo. Miro el cielo una y otra vez desde que era niño y, como entonces, busco respuestas que siempre se demoran.

Por Ovnis

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