Canela Party: una carta de amor a los disfraces y al confeti

Hace unos años decidí no volver a macrofestivales. Soy una melómana declarada y muy concienzuda musicalmente hablando, no es un secreto, pero es cierto que los grandes escenarios con cientos de bandas que se pisan entre ellas, me han dejado de interesar. Tal vez sea la edad o puede que me guste disfrutar la música de otra manera ahora. Pero lo tengo que confesar: hay un festival en el mundo al que nunca podría renunciar: el Canela Party.

Puedo decir con toda la objetividad que me da una columna de opinión que mis amigos son los mejores. ¿A quién se le podía ocurrir la absurda idea de hacer un festival de música en el que te disfraces? Solo a ellos. Recuerdo el primer Canela en 2007, en una pequeña sala de Málaga, donde los que tocaban eran conocidos nuestros y, en realidad, era una gran fiesta entre colegas en el bar de siempre. Todo fue culpa de un pequeño grupo de música malagueño que cambió la manera de ver los conciertos aquí. Los miembros de la banda screamo The Skirmish Society (Álvaro, uno de los fundadores del festival fue miembro de ella) siempre iban disfrazados y lanzaban confeti en sus actuaciones. Un festival en toda regla en el que no podías parar de saltar y sonreír. Este fue el germen de algo mágico que sigue siéndolo 16 años después. A partir de ahí, solo había una premisa para cada edición: que las bandas y el público fueran disfrazados. Y, aunque nunca fue obligatorio, se convirtió en su símbolo y carta de presentación.

Desde entonces, el Canela Party ha ido evolucionado hasta hacerse mayor en 2022, cuando cambió de ubicación y llegó a un aforo de 5000 personas en cada jornada con ganas de pasarlo bien. Si lo piensas detenidamente, es el sueño hecho realidad de un grupo de jóvenes enamorados de la música que no tenían más expectativas que las de disfrutar y compartir un rato con sus músicos preferidos. Beto, uno de los fundadores, me dijo que hacer el Canela ha sido un regalo. “Realmente no es algo que nos haya caído del cielo, llevamos desde 2007 dándole mucho cariño y mucho tiempo. Pero al final es algo tan fácil como tratar al público como gustaría que te tratasen a ti. Es increíble poder ver a tus bandas favoritas tocando en tu casa”. Y Álvaro siempre me dice que nunca tuvieron una intención programada para crecer, que cada año que sale bien para él ya es un regalo y que, el año pasado, ese regalo se hizo más grande de lo que nunca pudieron imaginar. A mí me encanta escucharles contar la historia y no me canso de ver cómo se emocionan al ver el trabajo conseguido.

En un momento en el que la mayoría de los festivales se han convertido en una pasarela de moda de influencers y donde, muchas veces, las propias bandas están en un segundo plano, mientras hacemos scroll viendo el short y las botas de cowboy con purpurina de moda entre concierto y concierto, el Canela ha sabido posicionarse como el espacio donde nada de eso importa, saliendo de lo habitual y de lo marcado por las tendencias. Es el único lugar en el que puedes encontrar memes físicos, personajes de la cultura pop, del cine y la televisión y mucha cultura malagueña y andaluza; donde puedes ver bailar a la Reina de Inglaterra con un granjero abducido por un ovni o al mismísimo Chiquito de la Calzada saltando con María Patiño. Y claro, es normal que con ese ambiente festivo haya una expresión que revolotea desde siempre en cada edición: el espíritu canela. Una complicidad especial entre personas que no se conocen y entre los grupos que actúan que destaca por encima de todo. Es lo que lo convierte, para mí, en el mejor festival de música del mundo. Algo que durante más de una década sigue presente y que ni la pandemia pudo detener ya que, en pleno confinamiento, Instagram se disfrazó durante un día con una edición especial donde todos podían compartir su disfraz a través de stories. Y la red social se convirtió, por unas horas, en una multitudinaria fiesta de confeti virtual.

Los disfraces, aquello que empezó casi como una broma, ahora son palabras mayores y su mejor firma. Es el festival donde el público es cabeza de cartel, dicen. Y con razón; ni carnaval ni Halloween, el nivel más alto del costume se encuentra en Torremolinos a finales de agosto. Por el Canela ha pasado desde el Rey emérito en su barco Bribón, a coches de choque y hamburguesas con patatas; Kim Kardashian con su botella de champán, muchas Audreys con su antifaz y pijama en Desayuno con diamantes, o los tronos de Semana Santa; Cary Grant huyendo del aeroplano en Con la muerte en los talones o la mismísima máquina Zoltar que cumplió el deseo de hacerse mayor de Tom Hanks en Big. Incluso la ola del melillero (esto solo lo entenderán los malagueños, me temo) se ha dejado caer por el festival. El sábado es el Día Grande, el Día D (de disfraz, por supuesto) en el que podemos dar rienda suelta a la imaginación porque todo tiene cabida, desde el dinosaurio hinchable de Amazon al disfraz más elaborado. Y engancha, para qué mentir, no solo en la última jornada de conciertos, si no durante las semanas previas donde preparas el disfraz, lo compartes y te emocionas por lo que vas a vivir esos cuatro intensos días. Otra de mis confesiones aquí es que no soy muy fan del mundo del disfraz, siempre he intentado escaquearme –con más o menos suerte, siempre ha caído una careta o algo de atrezo–, pero este año y en un ejercicio propio de superar mis miedos he conseguido hacerlo, y por la puerta grande, disfrazándome nada más y nada menos que de Chelo García-Cortes, porque claro, Sálvame tenía que estar este año en el Canela. Qué mejor lugar para hacerle un homenaje a sus 14 años de entretenimiento al programa que mejores frases de la historia de la televisión nos ha dado.

Además de colocar a Málaga en el mapa de los festivales, en el Canela han traído a todos los grupos que siempre hemos soñado con ver a pocos metros de nuestra casa. Dinosaur JR, Panda Bear, Deerhof, Holy Fuck, Metz, Aina, Nueva Vulcano, Triángulo de Amor Bizarro, Mujeres, son los primeros que se me han venido a la cabeza de una larguísima y casi imposible lista. Un recorrido por lo mejor del panorama independiente nacional e internacional en un solo lugar. Quién me iba a decir que, 23 años después iba a ver a Karate en mi ciudad, una de las bandas emo más importantes de la historia, e iba a llorar de felicidad. Y también de tristeza, porque este año ha sido agridulce. Nunca voy a olvidar el momento en el que escuchamos a Álvaro desde el escenario decir que se cancelaban los conciertos temporalmente por culpa de un repentino viento huracanado, con la voz entrecortada y las lágrimas saltadas. Y él tampoco va a olvidarse de los gritos de ánimo que le lanzamos todos desde abajo. Y, de nuevo, eso es el espíritu canela.

Por Ovnis

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